Chañaral y el baño de Lagos del 2003

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Fuente foto: El Ciudadano

“Chañaral no puede engrosar la lista de las mal llamadas ‘zonas de sacrificio ambiental’, un concepto que debiera abandonarse para cualquier localidad por nefasto e indigno”, es lo que plantea el geólogo de la Universidad de Chile, Gabriel Vargas, que en esta columna deja en evidencia una realidad que ya todos conocemos.

Hace unos días se dieron a conocer los principales resultados de un estudio del equipo de investigadores liderado por el profesor Dante Cáceres, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile. El estudio alerta sobre el posible efecto que a futuro puede tener en la salud de los niños la exposición a altas concentraciones de metales pesados, contenidos en sedimentos y material particulado respirable producto de relaves mineros, especialmente transportados por el viento desde la playa hacia la ciudad de Chañaral.

En ese estudio se señala que “niños expuestos a material particulado fino proveniente de relaves depositados en la bahía de Chañaral muestran una capacidad vital forzada disminuida, lo que podría afectar su desarrollo pulmonar, incrementando el riesgo de enfermedades crónicas respiratorias”.

Estas evidencias se suman a otros resultados de investigaciones previas y en curso que, por lo menos, sugieren que éste es un problema que debe ser retomado con fuerza por la comunidad científica, eventualmente con apoyo de la industria, y sobre todo por el Estado; que de ningún modo se terminó con el simbólico baño del entonces presidente Ricardo Lagos en aquella playa el año 2003.

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Fuente foto: Diario Atacama

La bahía de Chañaral de las Ánimas recibió directamente desechos de relaves mineros por casi cuatro décadas, entre 1938 y 1975, desde las labores de Potrerillos y El Salvador, entonces de la norteamericana Andes Copper Mining Company, situación que además contribuyó a un drástico cambio en la geomorfología de su línea de costa. Las capas geológicas que evidencian esta situación fueron expuestas por los socavones que dejó el aluvión de marzo de 2015, que causó su drástica erosión, dejando al descubierto no sólo el material producto del vertido de los relaves, sino también evidencias de aluviones previos ocurridos en la zona.

Pero lo más preocupante es la inquietud e incertidumbre en que se encuentra la población en relación a este tema y que es notoria cuando se visita la zona. Estamos ante una comunidad sometida a una importante amenaza que debiera ser escuchada e integrada al proceso que promueva una solución sostenible, y no sólo que sea mirada como parte afectada del problema.

Los sistemas naturales son metaestables, es decir, se les puede considerar en un equilibrio que puesto en perspectiva es sólo transitorio, pues se encuentran en constante cambio. Y ante situaciones dramáticas, necesariamente evolucionarán a una condición distinta. Un enfoque similar se podría aplicar a los sistemas socioambientales. Desde esta perspectiva, las comunidades de Chañaral y la quebrada del río Salado se encuentran hoy en una transiente, es decir, en pleno proceso de cambio luego del dramático impacto sufrido el año pasado –que volvió a poner en evidencia problemas históricos– cuyos efectos están patentes y continúan desarrollándose.

Chañaral no puede engrosar la lista de las mal llamadas “zonas de sacrificio ambiental”, un concepto que, por lo demás, debiera abandonarse para cualquier localidad por nefasto e indigno. Nefasto, pues predispone a la sumisión, al sometimiento, a la aceptación –casi religiosa– de una realidad de deterioro socioambiental como impuesta por algo superior, como si fuera un precio –o culpa– que necesariamente tenemos que pagar si queremos dar el pretendido salto al desarrollo; indigno, pues sugiere soterradamente la posibilidad del abandono o de medidas simplemente paliativas en el corto plazo, desconociendo el profundo arraigo de las comunidades a la tierra, desechando o dilatando la posibilidad de una real recuperación.

La naturaleza se recupera y las comunidades persisten, así por lo menos lo demuestran las evidencias geológicas, arqueológicas e históricas de ese desierto indómito de Atacama, el más árido del planeta. Las ciencias sociales, naturales y la ingeniería, pueden aportar enormemente a la remediación para catalizar un proceso que conlleve a una evolución y no a una retrogradación de la calidad de vida de las personas y el medio ambiente, o a una invisibilización de los problemas que los afectan; un rol activo y articulador por parte del Estado es esencial para ello.

¿Qué debemos hacer, entonces, para recuperar Chañaral, potenciar su gente, dignificar nuestra sociedad?Escuchar, responder y trabajar junto a las personas es fundamental para recomponer las confianzas, sobretodo en zonas de –urgente– recuperación ambiental.

Fuente: Ciper Chile

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