Proyecto artístico “Plan de Cierre: De flora y residuo”

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Este 13 de mayo comienza la exposición en la Centro de Residencias para Artistas Visuales ARC, en el pueblo de Los Choros, el proyecto artístico “Plan de Cierre, de Flora y Residuos”, del artistas Marco Bizarri

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Cuando se concluye una faena, débase a un agotamiento del mineral o a cambios económicos, la empresa minera debe llevar a cabo lo que se llama un plan de cierre. Éste consiste en una serie de medidas que fueron diseñadas durante la vida de la operación, y que tienen como fin prevenir, minimizar y/o controlar los riesgos y efectos negativos que se presentan –o continúan presentándose- en la tierra y las personas. Resguardar la vida, salud y seguridad de los individuos y del medio ambiente; desmantelar estructuras e instalaciones en desuso; asegurar la estabilidad física y química de las faenas y sus relaves son solo algunos de los objetivos establecidos por la ley 20.511 del año 2011.

Más de mil residuos dejados atrás por diferentes proyectos mineros en los distintos pueblos pertenecientes a la Comuna de la Higuera, IV región de Chile, fueron recogidos por Marco Bizzarri y sometidos a leyes severamente más estrictas que el azar, el abandono y la indiferencia que los regía hasta entonces. Durante un año, como parte de la residencia en Centro ARC, Bizzarri rastreó el terreno y tomó, clasificó y sometió estos objetos metálicos, cortantes, oxidados y cubiertos de polvo contaminante, a una nueva dictadura visual.

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Testimonios de una industria que ve la tierra y el pueblo del norte chileno como recursos inagotables para la explotación y generación de riqueza, a estos restos huérfanos les otorga una nueva apariencia: sus superficies se vieron parcialmente cubiertas por planos de colores pasteles, fluorescentes, puros y brillantes, abriendo un diálogo con los aspectos formales que eran resultado del desuso y la exposición a un paso frío y distante del tiempo.

Nuestras miradas despistadas observan cerros de tierra; minutos después entendemos que son depósitos de desechos tóxicos. Respiramos aire polvoriento, que venimos a entender que no es arena costera, sino resultado de procesos químicos de producción. La indiferencia pública se ha traducido en camuflaje, recreando sobre estos desechos los entornos en los que se buscan infiltrar.

Plan de cierre intenta levantar preguntas en torno a la visibilidad de las cosas. Por un lado, la apariencia que tienen para nosotros y la manera de conocer el mundo a través de las superficies; por otro, el modo en que esta visibilidad se relaciona con el poder: ¿quién determina lo que es visible y, por consecuencia, urgente? Pero en lugar de ser culposamente puritano, lo hace en el marco de un juego de superficies, abriendo un mundo de reflexiones cuya puerta de entrada es el mismo recurso que busca atacar.

El proyecto, emplazado en un terreno temerario de aguas contaminadas abre temas que sobrepasan los límites del pueblo de Los Choros, ya que éste, en lugar de ser una excepción dentro del sistema, es el sistema. Inconmensurables pueblos, localidades y comunidades han sido y son víctimas de un sistema que está diseñado para que el más rico y más fuerte siempre gane, en una batalla ficticia que pareciera triunfar todas las veces por walkover –los perdedores se enteraron muy tarde de que había que entrar a pelear.

Las operaciones y los materiales que componen la obra buscan tomar provecho de [para discutir sobre] la producción desenfrenada que prima en el mundo actual. Una producción que supera los límites de la industria minera, y que se extiende desde la alimenticia, de moda, tecnológica hasta el arte; todas parecieran regirse por la premisa de que ‘más es más es más’, lo cual deja como herencia tierras violadas, cerros de basura y sobreabundancia de materiales cuyos autores son anónimos. ¿Cómo utilizar estos restos que nadie quiere, para minar el mismo sistema que los parió?

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Acercándose el final de la residencia, Bizzarri entra en la realización de que, sin saberlo, ha seguido la costumbre que tienen los habitantes del pueblo de Choros. Comienza a observar que en las tumbas y mausoleos del cementerio, las personas pintaban los mismos tarros metálicos desechados, y depositaban flores en ellos, como prueba de su fidelidad y atención al difunto. Paradójicamente, este lugar ha diseñado su propio mecanismo para desafiar las nociones de lo vivo: el uso y la muerte en aquello que no se quiere abandonar, y de lo que la obra, evidentemente, no ha logrado escapar. Un afán por reanudar el ciclo vital, dotar de sentido lo caducado y revisar lo que nos rodea, tanto lo nuestro como lo que otros han dejado sobre nuestra tierra. (Paula Solimano)

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